Habíamos dejado, en el capítulo anterior, a Dios perplejo ante la Naturaleza, como si contemplara que él mismo no existe, puesto que no hay relaciones lógicas de ningún tipo. Comienza entonces la Filosofía de la Naturaleza, la segunda parte del sistema hegeliano. Ahora bien, la Naturaleza está agitada por una especie de inquietud interior, se mueve, y de ese movimiento surgen constantemente nuevas formas, algunas de las cuales, como ocurre con los cristales, parecen ser un esfuerzo defectuoso que intenta imitar lo lógico. Y así ocurre hasta que, en la ...
continua